El problema de la vivienda en Euskal Herria Sur. El por qué y el cómo del problema. Un análisis de clase.
2. MORIRSE A TROZOS PARA PAGAR UN RINCÓN.
La vivienda es otra de las pesadillas continuas de los trabajadores. La vivienda es otra, quizá la campeona, de las burlas feroces que el capitalismo hace a su dignidad de seres humanos. Porque, de entrada, su nombre es una estafa. Para decenas y decenas y decenas de miles de ellos su vivienda debería tener otro nombre: morienda. Porque no son sitios para vivir, son sitios donde los trabajadores van muriendo. Son moriendas y no viviendas porque son pequeñas, insuficientes, inadecuadas, incómodas, de mala calidad y caras. Las cañerías se estropean, el agua no tiene presión, las paredes se comban y se agrietan, el calor se escapa, las paredes son tan delgadas que se pueden oír los tacos del vecino o las veces que practica el coito. Y además, aunque hay muchas más viviendas que familias, son inasequibles, inaccesibles para muchos. Porque en este sistema capitalista hay a la vez oferta DE SOBRA de viviendas y demanda DE SOBRA de viviendas.
Hay oferta DE SOBRA porque en el Estado español, según un estudio de la Caixa hecho público en octubre de este año 2001 hay actualmente VEINTE MILLONES de viviendas. De las que sólo 13,1 millones están dedicadas a hogar habitual. Siete millones (con un aumento de un millón y medio en los últimos diez años) se destinan a vivienda secundaria (4,4 millones) o están desocupadas (2,6 millones).
De una forma que es paradójica sólo si se olvida que estamos en una sociedad capitalista A LA VEZ HAY DEMANDA DE SOBRA. Solo que gran parte de la demanda es insolvente. Es demanda de quienes no pueden pagar el precio de compra de una vivienda. Y hay que comprarse una vivienda porque no hay pisos en alquiler más que a precios insensatos porque la dictadura franquista fomentó deliberadamente la práctica eliminación de la oferta de vivienda en alquiler.
Y, cuando una trabajadora o un trabajador o una pareja consigue de milagro (no de milagro divino sino de milagro de privaciones soportadas, de autoexplotación multiplicada) pagar la entrada de un piso, no hace sino cerrar con sus propias manos los candados que sujetan a su cuello la pesada rueda de molino de los plazos de la vivienda.
El sistema capitalista exige el lucro incesante y desmesurado. La especulación criminal del suelo, basada en el robo que supone el salvaje privilegio de la propiedad privada de la tierra, obliga a añadir artificialmente millones de pesetas al coste real de los ladrillos y las vigas, las fachadas y las cañerías. Y para enriquecer a los constructores y a los dueños de los solares fabricando fortunas criminales y para enriquecer a los Bancos fabricando sus criminales beneficios, los trabajadores se convierten en vasallos, en súbditos de por vida mediante la firma de las letras de cambio de los plazos de la vivienda y de su hipoteca. En la obscura Edad Media los varones y las mujeres se hacían a sí mismos esclavos, siervos de la gleba, mediante la ceremonia feudal de la imposición de manos del señor feudal sobre su cabeza. Salían de esa ceremonia convertidos en vasallos encadenados de por vida a un trozo de tierra que agotaría sus fuerzas para pagar al señor feudal las rentas convenidas. Hoy, a siglos de distancia, esa ceremonia se ha cambiado por la de la firma de las letras de cambio de los plazos del piso y de su hipoteca. De esa ceremonia de la firma de las letras sale el trabajador o la trabajadora convertido en vasallo del constructor y del banco, encadenado de por vida a una vivienda inadecuada que consumirá sus fuerzas en un esfuerzo agotador para pagar cada mes el trozo de la plusvalía enriquecedora de sus explotadores. Plusvalía que él paga a trozos durante años y años pero que sus explotadores convierten de golpe en dinero, en abusivo y usurario beneficio líquido, porque el sistema bancario capitalista les descuenta las letras al minuto de ser firmadas, seguro de que el nuevo vasallo pagará. Porque su piso está en garantía. Y si no paga se lo quitarán, le echarán a la calle y se quedarán con lo que lleve pagado. Su vivienda es así su morienda. El rincón donde le hacen morir a trozos cada día para que pueda creerse que tiene un hueco propio donde vivir. Su vivienda se convierte así en una máquina infernal que le hace morir más pronto en vez de vivir mejor o, sencillamente, en vez de vivir. La burla salvaje del sistema capitalista es que el trabajador o la trabajadora acelera su muerte agotándose en horas y trabajos multiplicados para pagar el precio de vivir en un rincón.
A mediados de los años setenta, un obrero especializado podía conseguir una vivienda en el Estado español destinando dos años de su salario integro a la compra de la misma. En los primeros noventa, en pleno boom especulativo, necesitaba dedicar alrededor de doce años de su sueldo. Y en esa fecha sumaba ya un 80% el porcentaje de la población que no podía, por sus propios medios, comprar una vivienda en el denominado mercado libre, es decir sin ningún tipo de ayuda o subvención. Y hemos llegado a la situación actual en la que se afirma que es un "hecho natural" la monstruosidad de que la vivienda sea un bien prohibido, un bien inasequible para la mayor parte de la población.
En definitiva, sucede que los trabajadores están también alienados por sus viviendas.
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